RETRATO DEL COLONIZADO ALBERT MEMMI PDF

No visualizamos la libertad soberana porque no sabemos lo que es. Puerto Rico ha participado en todas las guerras de Estados Unidos, un hecho que muchos norteamericanos desconocen. Esto porque, excepto para nosotros, Puerto Rico es casi invisible para el mundo. Entonces quedamos, efectivamente, fuera del mapa, fuera de la historia y sin la voz para expresar nuestro lugar en el mundo.

Author:Musar Faukree
Country:Italy
Language:English (Spanish)
Genre:Career
Published (Last):20 March 2005
Pages:254
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ISBN:676-1-83692-362-4
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Todos los colonizadores, de Liberia a Laos, pasando por el Magreb, parecen estar de acuerdo. Nada menos cierto. Nada basta para caracterizar los enormes defectos del colonizado. Decide que la pereza es constitutiva en la esencia del colonizado. Es notable que este cuadro no tenga una mayor coherencia. Hubiera podido ser menor y bueno, como el buen salvaje del siglo XVIII, o pueril y torpe en el trabajo, o perezoso y astuto.

El colonizado no es esto ni es lo otro. En cuanto se asienta, el europeo ya no aprovecha esa hospitalidad: interrumpe los intercambios y contribuye a reforzar las barreras. El colonizador, ya que no la puede negar, subraya entonces los elementos negativos y sus desastrosas consecuencias.

Y negada por el colonizador, la humanidad del colonizado se vuelve efectivamente opaca. Y esto no es un simple detalle de estilo. Es una negativa a encarar los acontecimientos personales y particulares de la vida de su criada, una vida que no le interesa en su especificidad, porque su criada no existe como individuo.

Las condiciones de vida creadas por el colonizador para el colonizado ni la suponen ni la tienen en cuenta. El colonizado no es libre de elegirse como colonizado o colonizador. Ni mucho menos un alter ego del colonizador. Apenas un ser humano. Casi un objeto. Un accidente, aunque sea grave, provoca risa si afecta al colonizado. Un tiroteo en una muchedumbre colonizada le hace encogerse de hombros. Y a la que el colonizado da su asentimiento, incierto, parcial, pero innegable.

Y para que esta legitimidad sea completa no basta con que el colonizado sea objetivamente esclavo, sino que es necesario que se acepte como tal. En suma, el colonizador tiene que conseguir el reconocimiento del colonizado. Dicho de otra manera: definen e imponen situaciones objetivas, que asedian al colonizado y le presionan, hasta llegar a incidir sobre su conducta y dibujar las arrugas de su rostro.

La experiencia se ha repetido, tal vez provocada, en suficientes ocasiones como para convencer al colonizado del terrible e inevitable castigo. Se ha hecho todo lo posible para extirparle el valor de morir y aun de afrontar la presencia de la sangre. No es una prueba de salvajismo, sino de que el condicionamiento no ha sido lo suficientemente fuerte. El argumento no es definitivo. Se ha ironizado sobre la insistencia de los rebeldes a vestirse de caqui y de una manera regular.

Que estrictamente alejado del poder acaba por perder la costumbre y aun el deseo de detentarlo. Los colonizados no tienen muchos hombres de gobierno. El colonizado no disfruta de ninguno de los atributos de la nacionalidad. Ni de la suya, que es dependiente, negada y asfixiada; ni, por descontado, de la del colonizador.

Ni puede mantener una ni reivindicar otra. El conflicto generacional puede y debe resolverse en el conflicto social; invertido, se convierte en un factor de movilidad y progreso.

Hace falta, claro, que ese movimiento sea posible. Y, ciertamente, no puede dejar de respetarlos, hasta por la fuerza. Y son esas necesidades las que, al menos relativamente, configuran la fachada organizativa de toda sociedad normal. Tal sociedad no puede reabsorber los conflictos generacionales, puesto que no se deja transformar. Pero es una triste victoria. En realidad, ya no siente nada de ello como una necesidad imperiosa.

De hecho, todas las religiones tienen momentos de formalismo coercitivo y momentos de flexibilidad indulgente. Del mismo modo, es el estado global de las instituciones colonizadas el que nos puede informar del peso abusivo del factor religioso. Se ofrece al individuo como una de las escasas posiciones de repliegue; para el grupo es una de las escasas manifestaciones que pueda contribuir a proteger su existencia original. El formalismo, del que el formalismo religioso solo es una parte, es el quiste en el que se refugia y consolida, reduciendo su vida, para salvarse.

Y un presente mutilado, abstracto. El colonizador nunca se lo ha reconocido. El colonizado parece condenado a perder progresivamente la memoria. Toda la eficacia y el dinamismo social parecen, por el contrario, acaparados por las instituciones del colonizador. Tiene que dirigirse a ellas. Infaliblemente acaba ante magistrados colonizadores. Desde el momento en que fueron instituidas no ha vuelto a pasar nada en la vida de este pueblo. Nada especialmente vinculado a su existencia propia que merezca ser recordado y festejado por la conciencia colectiva.

Fiesta nacional de Francia; conmemora la toma de la Bastilla en [ndle]. Caso de que tenga suerte. Pero estas formas sutiles han perdido desde hace mucho tiempo todo contacto con la vida cotidiana, se han hecho opacas para el hombre de la calle. Si se obstina en escribir en su lengua se condena a hablar para un auditorio de sordos. Solo le queda una salida, que parece natural: escribir en la lengua del colonizador. Necesita superar el problema. Hay que quemar mucho material humano y lanzar muchas veces el cubilete de dados para que se produzca un golpe de fortuna.

Causa asombro la ferocidad de los primeros escritores colonizados. No se trata, sin embargo, de inconsciencia, ni de ingratitud, ni de insolencia. El fruto no es un accidente o un milagro de la planta, sino el signo de su madurez.

Lo que me asombra es que alguien pueda asombrarse. El escritor colonizado que llega penosamente a manejar lenguas europeas —las de los colonizadores, no lo olvidemos— solo puede utilizarlas para protestar en favor de la suya. Pero no es posible rehacer un aprendizaje parecido en una sola vida humana.

Se trata del suicidio de la literatura colonizada. En ambas perspectivas, aun cuando a distinto plazo, la literatura colonizada de lengua europea parece condenada a morir joven.

Ha corrompido al colonizador y destruido al colonizado. De su suicidio no se le pueden pedir cuentas. A decir verdad, no lo sabemos. Es posible que no. Sin embargo, cada uno de ellos ha marchado a su propio paso y en su camino.

Usted es sencillamente un racista. En efecto, volvemos al mismo fundamental prejuicio. En suma, todo eso no es tan importante. Lo que es actual y verificable es que la cultura del colonizado, su sociedad, su destreza han quedado gravemente afectados y que no ha adquirido ni un nuevo saber ni una nueva cultura. Es cierto que los colonizados no saben trabajar. La mano de obra 17 colonizada es intercambiable.

Concreta, al parecer, la distancia que le separa del colonizador. Se sale adelante hablando de la medievalidad de la colonia. Es cierto. En todo colonizado hay una exigencia fundamental de cambio. Y el desconocimiento del hecho colonial, o la ceguera interesada, tiene que ser inmensa para ignorarlo.

Encuentra un modelo tentador e inmediato: precisamente el del colonizador. Este no sufre ninguna de sus carencias, tiene todos los derechos, goza de todos los bienes y se beneficia de todos los prestigios. La mujer rubia, aunque sea sosa y de facciones desafortunadas, parece siempre superior a la morena. Un producto fabricado por el colonizador, una palabra suya, son recibidos siempre con confianza.

Sus costumbres, sus ropas, sus comidas son copiadas literalmente, aunque sean incongruentes. El colonizado no intenta solo enriquecerse con las virtudes del colonizador. Al cabo de un largo proceso, doloroso y conflictivo, el colonizado hubiera podido confundirse con los colonizadores.

No hay problema alguno que no pueda ser resuelto por el desgaste de la historia. Estos no dejan de merecer reproches ni de tener defectos, ciertamente.

Hay fundamentos objetivos en su impaciencia para con ellos y sus valores; casi todo es caduco, ineficaz o irrisorio en ellos. Sin embargo, la mayor imposibilidad es otra. Para asimilarse no basta con despegarse de su grupo, hay que penetrar en otro; pero se encuentra con el rechazo del colonizador. Los temperamentos de los pueblos son incompatibles; en cada gesto subyace el alma entera de la raza, etc. Pero no solo ha fracasado, sino que ha parecido imposible a todos los interesados.

En definitiva, su fracaso no se puede atribuir solo a los prejuicios del colonizador, ni siquiera al retraso de los colonizados. El individuo desaparece con su descendencia, y el drama del grupo continua.

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Memmi, Albert - Retrato del colonizado

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Albert Memmi - Retrato del colonizado

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